sábado, 10 de enero de 2009

Los Sonidos del Bosque (Nevada en Hondonero)


Sobre las 8 de la noche sonó el teléfono, era mi sobrina María que hace poco cumplió seis añazos: -"¡Tito , esta nevando!"-, me imaginé su cara de asombro, sus ojillos chispeantes. Quizás no recordaba su última nevada. -"¡Copos, tito, caen copos!". Quería decirme que eran copos, en plural... muchos copos, muchísimos. La propuse irnos por la mañana a tirarnos por la nieve, como en secreto que ella entendió perfectamente , pues su tono de voz disminuyó en una total complicidad con mi propuesta. -"¿Y no voy a la escuela?"-. La confirmé el plan y así se quedó la cosa. A la mañana siguiente y con una buena nevada que lo llenara todo de blanco, el plan y las razones para el mismo ya se habrian completado.

Pero al llegar, desolación, la nevada no había cuajado en el pueblo y casi nada en las cumbres, así que todo se "esfarató", ya no había plan, ya no había secreto.

Me decidí a subir a Hondonero yo solo y acercarme un poco a la nieve con la idea de hacer algunas fotografías. Por las huellas dejadas en el camino terrizo, pude apreciar que ya habían pasado al menos 4 vehículos antes que yo, y que uno de ellos sería un tractor, así que de nada me tenía que preocupar por la dificultad del camino casi helado. Llegué a un punto donde el coche empezó a tener problemas, decidí seguir el camino andando, merecía la pena caminar y disfrutar del paisaje, respirar aire fresco, escuchar los sonido de mis pisadas sobre la nieve a la vez que disfrutar tratando de distinguir los sonidos de la vida del bosque.

El agua corría por regatos junto al camino, con un sonido musical. Las ramas de los pinos se desprendían poco a poco de la carga acumulada la noche anterior, soltándola lentamente, gota a gota. En ocasiones caían masas acumuladas en las ramas. El sol salió entre las nubes y atravesó el bosque dejando rayos de luz que al pasar entre las gotas que caían producían destellos de colores, chispitas.... casi minúsculos arcos iris por doquier.

Me quedé quieto, inmóvil, solo mi respiración que trataba de detener para que un único sonido entrara por mis oídos, el bosque que estaba cantando de vida me tenía emborrachado y mi espiración estaba interrumpiendo el espectáculo. Los sonidos de los pájaros con sus trinos me hacían mirar para un lado y para otro tratando de reconocerlos, de verlos; pero ni una cosa ni la otra. Solo conseguí disfrutarlo, que no es poco.

Cuentan que un monje tibetano meditando mientras miraba un espectáculo como éste, se paró a pensar y observo que los pinos son capaces de liberarse del peso y la carga de la nieve precisamente utilizando la fuerza de la misma nieve que se acumula sobre sus ramas. Cuando ya hay carga suficiente y el peso es el adecuado, las ramas se arquean y como si fuera una ballesta, un imperceptible y ligero movimiento hace que se balanceen y la nieve salga despedida. Así, utilizando la misma fuerza de su oponente consiguen liberarse de él. El monje meditó y llegó a la conclusión de que ésto también se podía usar en la vida cotidiana y en las relaciones entre las personas y las cosas que les rodean. Es esta sencilla teoría la que da lugar a las artes marciales orientales; utilizar la fuerza de tu enemigo para liberarte de el.

El paseo continuo entre estos pensamientos y los silenciosos sonidos de la vida del bosque, nuestro amigo, donde se encierra la sabiduría de la humanidad.



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